jueves, 29 de septiembre de 2016

EL CAMINO DE LA NOCHE

EN LA NOCHE OSCURA DEL ALMA


  Dejemos a un lado, por un momento, las cuestiones políticas y ocupémonos de un tema de gran relevancia existencial y espiritual. Se trata de la noche oscura que la recién canonizada Madre Teresa de Calcuta vivió y sufrió desde 1948 hasta su muerte en 1997. Tenemos los testimonios recogidos por el postulador de su causa, el canadiense Brian Kolodiejchuk en el libro Come Be My Light (Ven, sé mi luz).
Como es sabido, la Madre Teresa vivía en Calcuta recogiendo moribundos de las calles para que muriesen humanamente dentro de una casa y rodeados de personas. Lo hacía con extremo cariño y completa abnegación. Todo indicaba que lo hacía a partir de una profunda experiencia de Dios.
Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos enteramos de su profundo desamparo interior, verdadera noche sin estrellas y sin esperanza de un sol naciente. Esa pasión dolorosa duró casi 50 años. Ya en agosto de 1959 escribía a uno de sus directores espirituales: «En mi propia alma siento un dolor terrible. Siento que Dios no me quiere, que Dios no es Dios y que Él verdaderamente no existe».
En otra ocasión escribió: «Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan profundo que me hace daño; un sufrimiento continuo y con él el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin cuidado; el cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío».
Sabemos que muchos místicos testimonian esta experiencia de oscuridad. Lo constatamos en san Juan de la Cruz, en santa Teresa de Ávila, en santa Teresa de Lisieux, entre otros. Esta última, tan dulce, expresión de la mística de las cosas cotidianas, escribió en su Diario de un Alma: «No creo en la vida eterna; me parece que después de esta vida mortal, no existe nada: todo desapareció para mi, solo me queda el amor».
Es conocida la noche oscura de san Juan de la Cruz, tan bien expresada en su poema “La noche oscura”. Él distingue dos noches oscuras: una, la noche de los sentidos por la cual el alma vive sin consuelos espirituales y en una tremenda sequedad interior. La otra es la noche del espíritu “oscura y terrible” en la cual el alma ya no consigue creer en Dios, llega a dudar de su existencia y se siente condenada al infierno.
Especialmente la modernidad, centrada en si misma y perdida dentro del inmenso aparato tecnológico que creó, vive también esta ausencia de Dios que Nietzsche calificó como «la muerte de Dios». No es que Dios haya muerto, porque entonces no sería Dios. Es que nosotros lo matamos, es decir, Él ya no es un centro de referencia y de sentido. Vivimos errantes, solos y sin esperanza.
Dietrich Bonhöffer, teólogo mártir del nazismo, captó esta experiencia, aconsejándonos vivir «como si Dios no existiese» (etsi Deus non daretur), pero viviendo el amor, el servicio a los demás y cultivando la solidaridad y el cuidado esencial.
Sospechamos que Jesús conoció esta noche terrible. En el Huerto de los Olivos se sintió tan solo y angustiado que llegó a sudar sangre, expresión suprema de pavor. En lo alto de la cruz, grita al cielo: ”Padre, ¿por qué me has abandonado?” No obstante esa ausencia de Dios, se entrega confiadamente: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Se despojó de todo. La respuesta vino en forma de resurrección como la plenitud de la vida.
La noche oscura de Madre Teresa al punto de decir: «Dios verdaderamente no existe» nos deja un interrogante teológico. Descompone todas nuestras representaciones de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás” dicen las Escrituras. Es «nuestro saber no sabiendo, toda ciencia transcendiendo» al decir de San Juan de la Cruz. Creer en Dios no es adherir a un dogma o doctrina. Creer es una actitud y un modo de ser; es adherirse a una esperanza que es “la convicción de las realidades que no se ven” (Hebreos 11,1), porque lo invisible es parte de lo visible. Creer es una apuesta, según dice Pascal, que conoció también su noche oscura.
Simone Weil, la judía que en la última guerra se convirtió al cristianismo pero no quiso bautizarse en solidaridad con sus hermanos condenados a las cámaras de gas, nos da una pista de comprensión: «Si quieres saber si alguien cree en Dios, no te fijes en cómo habla de Dios sino en cómo habla del mundo», si habla en forma de solidaridad, de amor y de compasión. Dios no puede ser encontrado fuera de estos valores. Quien los vive está en dirección a Él y junto a Él aunque niegue a Dios.
La Madre Teresa de Calcuta amando a los moribundos estaba en comunión con el Dios escondido. Ahora que ya se transfiguró vivirá la presencia de Dios cara a cara en el amor y en la comunión.



viernes, 16 de septiembre de 2016

LA GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFEERENCIA

ALGUNAS  FORMAS DE 
INDIFERENCIA 

3. Es cierto que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia».
La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo; y, precedentemente, Pablo VI había afirmado que «no hay,
pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana».
Seguramente este texto del Papa Francisco  en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz en enero de 2016,  no te deja indiferente.

Leemos los diarios, vemos las noticias, conversamos con la gente sobre los dramáticos momentos de horror que está viviendo la humanidad, guerrillas, torturas, pobreza, gente que huye y no encuentra asilo digno, trata de personas particularmente niños, niñas, adolescentes y mujeres jóvenes. ¿Que hago con todo este bagaje que penetra mi  disco duro? Lo paso al corazón, a mis entrañas como si se tratara de mis hijos dolientes con hambre, frío, miedos, pániico...

     DEJO LA INDIFERENCIA.

Oro al Señor, ruego por ellos y los abrazo con ternura. Lloro, busco cómoo ayudar según mis condiciones y capacidades.
Dios Pastor te busca para que levantes con amor a los que se están marchitrando por falta de coompasión efectiva.

sábado, 3 de septiembre de 2016

LOS SERES DÉBILES

          
EL CUIDADO DE LO FRÁGIL

                                               
En la encíclica Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común, el Papa Francisco se refiere, en varias ocasiones, al aborto, encuadrándolo, asimismo, en la cultura del cuidado de lo frágil. 
En la naturaleza todo está relacionado y, por ello “tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. 
No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades” (LS 120).


Entre los débiles, que hay que cuidar con predilección, “están los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo” (EG 213)*.


*Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium", del papa Francisco 

sábado, 20 de agosto de 2016

PUERTA ESTRECHA

JESÚS NOS INVITA A PASAR POR LA PUERTA ESTRECHA


Pasar.
La vida nos enseña  a ir evolucionando, quemando etapas,  ir pasando, cruzando puentes,...La existencia es un "Paso" de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad liberadora. Y eso lo logramos si tomamos conciencia de a dónde quiero ir, la meta de mi proyecto de vida. 
Si tengo clara la meta, fácil se me hará buscar la puerta, llegar y atravesarla.
 ¿ ? Despojados de todo afán de poder, con humildad sabiendo que Él hace imposibles conmigo.
Estrecha, Mucho amor y justicia me harán posible cruzarla, porque lo que hice a uno de mis hermanos más desvalidos, a Jesucristo se lo hice.

lunes, 15 de agosto de 2016

JUEGOS


LA HUMANIDAD SE ENCUENTRA CONSIGO MISMA.

Los Juegos Olímpicos nos invitan a reflexionar sobre la importancia antropológica y social del juego. No  el juego que se volvió profesión y gran comercio internacional como el fútbol, el baloncesto y otros, que son más bien deportes que juegos. El juego, como dimensión humana, que no tiene ninguna finalidad práctica, pero lleva en sí mismo un profundo sentido como expresión de alegría de divertirse juntos.
En los Juegos Olímpicos su eje articulador es la competición incluyente, pues participan todos. La competición es para el mejor, apreciando y respetando las cualidades y el virtuosismo del otro.

La tradición cristiana desarrolló toda una reflexión sobre el significado   trascendente del juego. 
Las dos Iglesias hermanas, la latina y la griega, se refieren a Dios, al hombre y a la Iglesia como lúdicos.  
Veían la creación como un gran juego de Dios lúdico: hacia un lado lanzó las estrellas, hacia otro el sol, más abajo puso los planetas y con cariño colocó la Tierra, equidistante del Sol, para que pudiese tener vida.
La creación expresa la alegría  
desbordante de Dios, una especie de teatro en el cual desfilan todos los seres y muestran su belleza y grandeza. Se hablaba entonces de la creación como un theatrum gloriae Dei (un teatro de la gloria de Dios).
En un bello poema dice el gran teólogo de la Iglesia ortodoxa Gregorio Nacianceno (+390): «El Logos sublime juega. Engalana con las más variadas imágenes y por puro gusto y por todos los modos, el cosmos entero». En efecto, el juguete es obra de la fantasía creadora, como lo muestran los niños: expresión de una libertad sin coacción, creando un mundo sin finalidad práctica, libre del lucro y de beneficios individuales.
 Dios es verdaderamente lúdico, decía Hugo Rhanner y aconsejaba que fuéramos seres lúdicos.
Estas consideraciones sirven para mostrar cómo puede ser sin nubarrones y sin angustia nuestra existencia aquí en la Tierra, al menos por un momento, especialmente cuando se vislumbra en la belleza de las diferentes modalidades de juegos la misteriosa presencia de un Dios lúdico. Entonces no hay que temer. Lo que nos bloquea la libertad y la creatividad es el miedo. En lo profundo, la realidad no es traicionera, sino buena y bonita, alegre acogedora. Alegrarse por formar parte de ella lo expresamos en el juego, y, de forma universal, en los Juegos Olímpicos. Tal vez éste sea su sentido secreto.      

ADAPTACIÓN. lLEONARDO BOFF KOINONÍA     




jueves, 28 de julio de 2016

JESÚS Y LA MUJER




                                     M U J E R 


Nuestra sociedad actual, sacudida por corrientes feministas cada vez más fuertes, apenas sospecha el carácter verdaderamente revolucionario del comportamiento de Jesús ante la mujer, atentando escandalosamente contra las costumbres más venerables de aquella sociedad.
La situación de la mujer era realmente lamentable. Sin verdadera personalidad jurídica, esclava de su propio esposo, ignorante de la ley, sin acceso a la cultura y la vida pública, sospechosa constantemente de impureza ritual, discriminada religiosa y socialmente, sufría una marginación intolerable.
Es significativa la oración que R. Jehuda recomendaba a todos los varones recitar diariamente: “Bendito seas Dios porque no me has creado pagano, mujer ni ignorante”.
La mujer es valorada únicamente como objeto de placer para el esposo, instrumento de fecundidad para la familia y servicio para las faenas del hogar.
La actuación de Jesús en aquel contexto social fue una buena noticia para la mujer.
Rompiendo los prejuicios y costumbres anteriores de mantener a la mujer al margen de las Escrituras, Jesús las acepta entre sus discípulos y seguidores, en una actitud nueva e inaudita para un rabino judío.
Oponiéndose a todas las escuelas rabínicas de la época, defiende a la mujer en el matrimonio, condenando la poligamia y el repudio decidido exclusivamente por el varón.
Pero sobre todo, Jesús destruye la falsa concepción de la mujer vigente en aquella sociedad.
En primer lugar, rechaza una visión que reduzca a la mujer a “mero objeto sexual”, pidiendo para ella un respeto absoluto. “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio en su corazón”.
         Jesús rechaza también la valoración de la mujer sólo como instrumento de       fecundidad. Cuando una mujer sencilla alaba a su madre, reduciendo toda la       grandeza de la mujer a un vientre fecundo y unos pechos para alimentar a los       hijos, Jesús la corrige diciendo que más importante aún que la maternidad es       que la mujer sepa escuchar la palabra de Dios y orientar su vida conforme a         ella.
El relato evangélico de Marta y María nos recuerda otra escena significativa. Marta recrimina a su hermana porque no se preocupa de los trabajos del hogar. Jesús responde con estas palabras: “Marta, Marta, te afanas y preocupas por muchas cosas y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena que no le será quitada”.
La mujer no debe quedar reducida a la esclavitud de las faenas caseras. Hay algo mejor a lo que tiene derecho. Escuchar la palabra de Dios y vivirla.vivi
                             Antonio Pagola.

martes, 12 de julio de 2016

Sectarismos

Al verlo, le dio lástima y se acerco.




No siempre somos conscientes de los rechazos, desprecios y condenas que alimentamos dentro de nosotros a causa de perjuicios heredados del pasado o construidos por nosotros mismos. Sin embargo, son esos prejuicios “institucionalizados” los que modelan con frecuencia nuestra manera de sentir, de pensar y de comportarnos con otros grupos que no son el nuestro.

En todas las culturas, antiguas o modernas, el ser humano trata de afirmar su pertenencia al propio grupo social, político o religioso poniendo límites frente a los otros. Levantamos fronteras para marcar las diferencias y asegurar nuestra propia identidad.

Lo grave es que, con frecuencia, tendemos a considerar como “inferiores” a quienes son diferentes y no pertenecen a nuestra raza, nación, religión o partido. No sólo es eso. La “lealtad” al propio grupo nos puede conducir a una hostilidad o rechazo que nos pasa desapercibido, pero que forma parte de nuestro ser. Cuando esto sucede, desaparece la mirada amistosa y compasiva con la que un ser humano ha de mirar a otro.

La parábola del buen samaritano es un desafío del sectarismo que envenena nuestras relaciones. El hombre caído en el camino ve acongojado cómo se desentienden de él aquellos de los que podía esperar ayuda: los “suyos”, los representantes de su religión, los de su pueblo. Cuando se acerca un samaritano, enemigo proverbial de Israel, sólo puede esperar lo peor. Es él, sin embargo, quien se acerca, lo mira con compasión y lo salva.

Este hombre es capaz de reaccionar contra prejuicios seculares y ser “desleal” a su propio pueblo para identificarse con un ser humano que sufre y necesita ayuda. El mensaje de Jesús es claro. No ha de ser el propio grupo, la propia religión o el propio pueblo los que nos indiquen a quién amar y a quién odiar, a quién acercarnos o a quién ignorar. El amor evangélico exige lealtad, no al propio grupo, sino al hombre que sufre aunque no comparta nuestra identidad. La parábola es revolucionaria: ¿Para qué sirve una religión si no es capaz de romper los sectarismos y crear fraternidad?



José Antonio Pagola